domingo, 15 de febrero de 2015

2. Capítulo I: Eva

Capítulo I: Eva



    Eva era considerada una rebelde en su juventud, luego de la extensa enfermedad de su madre y el abrupto asesinato de su padre, ella se había convertido en un paria del destino a la corta edad de 16 años. En un ir y venir de "familiares" (buitres economistas) que sólo pretendían sacar tajada del infortunio, la minoría de edad, abogados incompetentes, resultados negativos, desprecios, insultos, maltratos, se convirtieron en el pan nuestro de cada día, se encontró en la búsqueda de apaciguar su alma, de buscar un refugio donde subsistir.

"Subsistir" siempre fue su modo de vida, o la vida siempre la llevó a subsistir. Cada día era una montaña rusa de emociones, recuerdos, presente, futuro, proyectos, anhelos, deseos, angustias, risas, en sí, un torbellino emocional, un desequilibrio interior.

Yo sólo quería un escape
 
Conforme pasaban los meses, crecía a pasos agigantados, las experiencias de vida eran como las de pocos de su entorno, aunque siempre existió un eje en su vida, un eje imaginario, invisible, que la contuvo dentro de lo que hoy día se puede llamar una vida normal para una pre-adolescente, también hubieron hechos de una adolescente emocionalmente devastada, como reiterados actos de auto-agresión, actos que liberaban por un instante gritos silenciosos de dolor agobiante, llantos de sonrisas dibujadas para un público cínico e inescrupuloso (su propia familia). 
Por primera vez en su vida sentía que era dueña de algo, que podía controlar el dolor, que podía apaciguarle, que no importaba el daño a la piel, siempre y cuando fuera un respiro para el alma. Era un momento tan íntimo que durante ese instante se sentía real, el dolor era real, ella era real, el corazón latiendo a mil, retumbando en su pecho, casi haciéndola vibrar, pensamientos antagónicos  y su respiración agitada por el llanto previo al acto, acto de coraje y recelo, pero que luego de él, le hacían sentía el aire recorrer su pecho, acariciándole la garganta, dándole tranquilidad. Ver la sangre salir de las heridas era la prueba empírica de que ella estaba ahí, que no era el fantasma que a diario transitaba subsistiendo, con una careta de normalidad para no ser descubierta por un mundo de incomprensión, para no ser juzgada por sus acciones, que simplemente eran la forma de marcar el camino y demostrarse que aún se encontraba sobre él, que aún seguía allí, en el camino de la vida, en el que cada día sólo significaba "subsistir", sobrevivir el hoy, para ver como llegaba el mañana...


-Eva- 
 

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